Combustión espontánea III
Es tan doloroso respirarle.
Sentir sus colores
envolviéndome.
Es tan insoportable,
mente,
doloroso
latirle.
Combustión espontánea II
Un día entero.
Todo un día,
con sus horas y sus minutos,
el frío, los pasos y las aceras.
Intentando
arrancarle con los dientes
de mi piel.
Todo un día fue universo,
atormentándome.
Hoy,
confiando que mañana
se diluya.
Combustión espontánea I
Su nombre
sobre otros,
sobre gris,
en rojo.
Acariciando mi lengua
antes de pronunciarlo,
de pensarlo, de intuirlo.
Navengando
a contracorriente
sanguínea.
Envolviéndome
en gelatina ardiente.
Y mi piel fría,
y mi alma lava.
Combustión espontánea
Es un pequeño poemario escrito hace unos años, pero inédito para esta página, no ha visto más luz que la que verá ahora.
Estos poemas son el reflejo de una pasión fugaz, de esas que ciegan de rojo y embotan los sentidos y la razón de forma demoledora, y que gracias a dios, solo dura un corto periodo de tiempo.
Vaharada -dióxido- XII
La aceptación de lo terrible lo pudre todo.
Miguel Angel Podestá (Cantautor)
Y acuden muertos vitrificados, parpadeantes.
Y se clava mi indeferencia de sobremesa.
Y los siguen asesinatos, sin víctimas mortales,
con víctimas mortales,
mortales de necesidad
(voluntades,
confianza)
Más tarde,
siempre demasiado pronto,
acuden los desprecios legales,
tal vez acompañados
por esa historia derrumbada.
Ahonda aun más la aguja de mi indiferencia de sobremesa.
Y pregunto el punto de putrefacción
a mi alma,
a mis ojos
y a mi lengua.
Se descomponen lentamente
por no pronunciar la acusación
sobre la evidencia.
Tan culpable yo
como el que alza el arma
(metálica,
de papel,
de hambre)
Tan culpable…
como el resignado
a una vida tenue.
Vaharada -dióxido- XI
Si existe alguna ley que regule
el derecho a ser oído…
Reclamaré.
Llevaré a juicio a la mediocridad
ética.
No quieren aceptar
la sangre que nos tiñe.
No quieren escuchar
el golpe seco
de los cuerpos que caen si queja.
Cerca del balcón gritaré…
¡Hábeas Corpus!
¡Miradlos!
¡Miradme!
¡A los ojos!
¡Sin ojos!
Empapelaré de instancias
juzgados, congresos, teatros…
Sus habitaciones se pintarán
con el color desalentado
de los que olvidaron la lucha,
por algo mejor,
que no es esto.
Vaharada -dióxido- X
Desperté a los perros.
Aullaron porque vendí mi tierra.
El calor me hizo despertar
en un trozo de agosto.
Un cielo negro
con la estrella más grande de todas.
La coloqué sobre el pecho
junto a unas palabras tenues.
¿Y tú alma? ¿Dónde crees que haya ido?
Abrí la boca para que se fuera
ese potro que cae,
gota a gota,
sobre los murmullos que raspan el suelo.
Reconozco el sonido de esa voz…
Se riza la tarde en olor a pan y mugre.
Aquí no vive nadie.
Yo sólo pienso y me aparto,
para dejar dormir
en su armisticio de caza,
a la jauría.
Vaharada -dióxido- IX
Vendedores callejeros
de vidas bajas en nicotina,
nos ofrecen seriamente
la posibilidad de ser incalculables.
Se desviaron esos tiempos
en los que creí en ellos,
o desee creer.
Sus ojos de cristal
eran pantallas
donde reflejar el paraíso.
Plástico reciclado.
Botellas retornables.
El sol deshojando
una margarita…
El mar…
Ahora, simplemente,
puedo dejar de aspirar
el vaho de la dignidad.
Ahora, simplemente,
no los distingo.